El sol derramaba su luz dorada a través de las altas ventanas, proyectando un resplandor celestial sobre la habitación donde se encontraba Isabella Aldridge. El suave susurro de la seda y el tul llenó el aire mientras Amelie y Kyra, con manos suaves, la vestían con el vestido blanco que parecía haber sido tejido desde las mismas nubes de arriba.
—Isabella, pareces una visión. —susurró Amelie, con los ojos empañados por lágrimas de alegría no derramadas. Cada pliegue del vestido fue acariciado h