El sol de la mañana arrojaba un brillo dorado sobre la residencia Storm, filtrándose a través de las pesadas cortinas y derramándose hasta la habitación de Darius. Yacía en la cama, con los músculos tensos, temiendo la conversación que sabía que se avecinaba. Había una sensación de presentimiento en el aire, del tipo que hacía que sus sentidos de lobo se erizaran de inquietud.
—Hijo. —llegó la voz de Alfa Daniel, fuerte y resonante como siempre, cargando el peso de la autoridad y la tradición.