BASTIÁN LEBLANC
—Es lo único que quiero, nada de dinero, nada de propiedades, solo Rachel y mi hijo, Esteban —pedí agachando la mirada, viendo el elegante traje que me habían ofrecido. El baño caliente había relajado mis músculos y después de una buena afeitada y corte de cabello me sentí como en los viejos tiempos, por lo menos lucía así.
—Dame la contraseña… y te daré lo que quieres —dijo el hombre pelirrojo, encogiéndose de hombros como si mi petición fuera cualquier favor insignificante.
—