ROCÍO CRUZ
—¡Oye! ¡Deja eso en mi bolso! —exclamé preocupada, estirando mi mano como si pudiera alcanzarlo desde donde estaba.
—¿Es lo que creo que es? —preguntó divertido mientras sacudía la bolsita, viendo el polvo a contraluz—. Vaya, no pareces esa «clase» de mujer. Virgen, pero drogadicta. Qué sorpresa más interesante.
—Es demasiado fino para ti —rezongué e intenté acercarme, como si en verdad me importara que no se metiera ese polvo—. Solo dámelo. Estamos aquí para follar, no para que me r