ROCÍO CRUZ
Mientras las sirvientas se daban prisa, el chofer se plantó frente a mí. Esta vez, con delicadeza, levantó mi mentón, analizando la herida que me había provocado ese hombre en el cuello.
Negó con la cabeza, resignado, tenía la actitud de alguien que se sabe condenado y, aún así, no se detiene. Sacó de uno de los cajones un pañuelo limpio y lo humedeció en el lavamanos del baño antes de hacerme sentar en la cama, junto a él, para limpiar la herida con cuidado. En verdad se estaba esm