ROCÍO CRUZ
—Oye… yo… lo siento… —dije con el corazón pendiendo de un hilo—. No fue mi intención interrumpirte… es que… yo…
Mantuve las manos estiradas hacia él, como si eso fuera suficiente para contenerlo. Sus labios se abrieron y pensé que diría algo, hasta que el hombre sentado detrás de mí tomó la delantera, se levantó de la silla, había conseguido liberarse de las esposas que mantenían su única mano aún atada al descansabrazo.
La desesperación le dio la fuerza, pero la sangre le ayudó a r