Lena siguió con el movimiento por unos instantes más. No lo hacía demasiado rápido para hacerlo terminar, pues la intención no era provocar un desenlace abrupto en plena recuperación.
Pero sí pasaron de los diez segundos prometidos y ella todavía seguía allí, entregada al vaivén de su propia mano sobre la piel ardiente de su esposo.
El roce constante generó un calor denso en la habitación, un recordatorio vívido de que el peligro había quedado atrás.
Entonces, la joven usó todo su autocontrol