Los segundos se volvieron minutos; para Lena y Alán se sintieron como horas eternas en las que el destino de ambos pendió de un hilo invisible, tenso a nada de romperse.
Abel Vieri se acomodó un mechón de cabello platinado que caía sobre su frente, una calma sádica que contrastó con el desastre a su alrededor.
—Entonces tenemos un trato —anunció con ligereza, como si hablara del clima de la tarde, y sus ojos verdes se posaron en la figura rígida de Alán Montoya—. Si Enzo de Santis pregunta, lo