En la mañana, Alán se levantó de la cama con un cuidado absoluto, atento a cada movimiento para no despertar a Lena. La observó un segundo entre las sábanas revueltas; se veía tan hermosa, delicada, que resultaba casi imposible asociarla con la tormenta de la noche anterior.
Mientras se metía en la regadera, el agua caliente le quitó la pereza de los músculos. Pasó el jabón por su cuerpo con pasadas firmes, pero la mente le jugó una mala pasada: la imagen de esos labios entreabiertos por el p