Alán entró al casino. Las luces de neón parpadeaban sobre su cabeza. Caminó directo hacia el fondo, a la oficina, donde Harper lo esperaba.
La encontró sentada, con los brazos cruzados sobre el pecho. Una copa vacía en el escritorio que se había tomado para disipar el miedo y aflojar los nervios.
—Mírate. La fiera se volvió una gatita asustada —se burló.
Harper arrugó el entrecejo. Los ojos verdes, afilados, lo siguieron desde que cruzó la puerta.
—¿En serio quieres hablar de fieras amaestradas