El agua estaba por todas partes. No fue un estallido dramático como en las películas; fue una marea cálida e implacable que empapó mis pijamas, las sábanas y mi dignidad de un solo golpe.
—Dios mío —susurré, apretando el brazo de Noah—. Está pasando. De verdad está pasando.
Noah ya estaba en movimiento. Saltó de la cama, se puso unos jeans y agarró su teléfono con una precisión quirúrgica. El "modo CEO" se había activado al instante.
—Está bien —dijo con voz firme, aunque sus ojos delataban la