—Diez centímetros —anunció la doctora Martínez. Su voz cortó el agotamiento en la habitación como un faro de esperanza—. Es hora, Aria. En la siguiente contracción, necesito que pujes.
Estaba junto a su cabecera, apretando su mano con una fuerza que esperaba le transmitiera mi propia vida. Aria me miró con el rostro empapado de sudor y lágrimas. Se veía destrozada, pero en ese momento, era el ser más poderoso que había visto jamás.
—No puedo —susurró con la voz rasposa—. Noah, estoy agotada.
—L