15 de enero.
Esa fecha había estado rodeada en el calendario de la cocina, resaltada en mi teléfono y grabada a fuego en mi cerebro durante meses. El día del parto.
El sol salió sobre Manhattan, pintando el cielo de un gris frío e indiferente. Me quedé en la cama, mirando el techo, esperando. Esperaba un gemido, un jadeo o una mano apretando mi brazo.
Silencio.
A mi lado, Aria dormía —o lo intentaba—. Estaba rodeada por una fortaleza de almohadas de maternidad, moviéndose cada treinta segundos