Mi escritorio estaba demasiado limpio.
Durante los últimos seis meses, esta superficie había sido un paisaje caótico de tazas de café (descafeinado), esquemas técnicos, notas adhesivas y barras de proteínas a medio comer. Era la cabina de mando desde la cual había pilotado el Proyecto Aether a través del infierno del desarrollo.
Ahora, estaba vacío. Mi monitor estaba oscuro. Mis efectos personales —el muñeco cabezón de la suerte, la foto de Lily y yo en la universidad, la ecografía enmarcada de