Mi jefe es gay

Justo, como lo dijo Marcello, regreso a mi lugar de trabajo y por suerte no aparece mi jefe hasta que termina mi jornada laboral. Me lanza una mirada fulminante y sube al ascensor sin decir nada de lo que sucedió hace un par de horas.

Recargo mi cabeza en mi escritorio y lanzo un pequeño suspiro de alivio; por lo menos no desperté a la bestia que habita en mi jefe. Tomo mis cosas y salgo de la oficina con rumbo a mi departamento.

Días después de la cena con Camille Dumont me enteré por Gianluca de que algunas asistentes a las que despidieron resultaron ser infiltradas de algún empresario importante (con hijas en edad de casarse) y las cuales fueron enviadas para hacer de casamenteras con mi jefe.

Organizaban alguna cena con un posible cliente y esos empresarios aprovechaban para presentarle a su hermoso retoño que resultaba no estar comprometida, convirtiendo una cena de negocios en una cita a ciegas, mi jefe harto de todo ello fue que decidió contratar a una asistente mayor y bueno el resto es historia, ya que le caí como un rayo de luz y alegría a su oscura y tétrica vida.

Después de aquel incidente intenté mantener mi boca cerrada y no decir nada sobre mi jefe, por lo menos no cuando él estuviese presente. Logrando así llegar a los dos meses que Marcello dio como fecha para ganar esa apuesta y cumpliendo con su palabra como todo un hermoso caballero.

Un día por la noche me entregó un sobre con tal cantidad de dinero que me tuve que sostener del escritorio para no irme de espaldas, y no era para menos, dado que todo el edificio pertenece a MediaCavalluci Inc, y por ende los empleados que ya conocían de sobra como es mi querido jefe, Alexandros Cavalluci no dudaron en apostar en contra mía.

Gracias a ello me convertí en toda una celebridad, muchos se acercaban para preguntarme cómo es que fui capaz de domar a esa fiera de ojos azules y por toda respuesta yo solo me limitaba a sonreír, dado que lo que ellos no sabían es que todas las noches terminaba maldiciendo a mi jefe y al borde del llanto.

Gianluca y yo comenzamos a ser más cercanos, dado que ambos teníamos que trabajar muchas veces en conjunto para coordinar cierto tipo de eventos, por lo que cada mañana llegábamos juntos a la agencia, pero lamentablemente él tenía la suerte de que su jefe no era un maniaco del trabajo y salía a su hora.

[…]

—¿Crees que hoy, si Cavalluci amargado te deje salir temprano como a cualquier otro empleado? —inquiere, mientras me tiende unos documentos—. Solo debes firmar de recibido —me indica.

—Me gustaría decir que sí, pero lo dudo. Sabes de sobra que si ese hombre tuviese la oportunidad de vivir aquí, lo haría y yo tendría que ser su esclava personal.

—¡Ash, qué mal! Te quería invitar a un antro, te hace falta divertirte.

—Lo que me hace falta es llegar a casa y dormir por todo un día sin la odiosa voz de mi jefe taladrando mis oídos. Mi departamento es horrible, pero ya ni me puedo quejar de él, porque vivo más en la oficina que en ese lugar.

—Te lo dije desde hace semanas, podrías mudarte conmigo. Me hace falta un roomie, ya tienes seis meses trabajando para ese caramelito, así que no creo que te vaya a despedir.

—Lo voy a pensar.

—¿Qué tienes que pensar? El lugar está ubicado en una buena zona y lo mejor de todo es que está muy cerca de aquí.

—Lo seguiré pensando.

—Bueno, pues no te tardes porque en verdad necesito un roomie. Me aburro de estar solo en ese departamento, me hace falta platicar con alguien, también cocino delicioso. Si vives conmigo, no tendrías que preocuparte por la comida —musita en un intento por hacerme cambiar de opinión.

—Has estado muy insistente, dime la verdadera razón por la cual quieres que me mude contigo —muerde su labio con coquetería, pero dado que eso no funciona conmigo, confiesa lo que en verdad está pasando.

—Dios, esa mirada felina que tienes me obliga a decirte la verdad —se queja enfurruñado—. Mis vecinos están recolectando firmas para obligarme a que me vaya de ahí, ¿contenta?

—¿Por qué no te quieren? ¿No me digas que los malditos son de esas personas homofóbicas? —chillo molesta.

—No es por eso.

—¿Entonces, por qué quieren que te vayas?

—A veces llevo a algunas conquistas y bueno… —Se aclara la garganta y prosigue en un murmullo—, somos un poco escandalosos.

—Y si me voy a vivir contigo, es seguro que seguirás llevando a tus conquistas, ni loca comparto departamento. Imagínate que un día me levanto en plena madrugada y te veo en el sillón con algún monumento de hombre, no gracias, paso de ello.

—Te prometo que si te vas a vivir conmigo, no llevaré a ningún pastelito, además, ya les aseguré que pronto tendría compañera de departamento y que tú me prohibiste llevar acompañantes.

—¡Gianluca!

—Fue una mentira piadosa —masculla, mirándome con su cara de culpable.

—Lo pensaré, ¿está bien?

—No lo pienses tanto. Mañana por la noche paso a recogerte a esa caja de cerillas en las que vives —entrecierro mis ojos y cuando estoy por reñirlo continúa—, te aseguro que amarás ese departamento. Podrás encontrar cada pastelito en el gimnasio del condominio que todo el estrés que te provoca Cavalluci amargado se disipará en cuestión de segundos.

Empiezo a reír por sus palabras y meneo la cabeza. Gianluca es un hombre realmente loco y, aunque lo niegue, eso que acaba de decir me está tentando bastante, por lo menos tener una vista agradable todos los días antes de lidiar con mi odioso jefe me relajará.

—Te envidio —expreso decaída.

—¿Por qué?

—Me hubiese gustado tener un jefe como el tuyo —comento después de darle un sorbo al café que Gianluca me trajo y, ahora que lo pienso desde que empezó a insistir con eso, de vivir juntos, me ha traído un café todas las mañanas como una forma de comprarme.

—¿Qué tiene de malo el tuyo? Está más bueno que modelo de Calvin Klein. ¡Ay, Dios!, si hasta de solo imaginarlo siento cómo el calor se me sube por todo este lindo cuerpecito.

—Estará muy bueno y todo lo que quieras, pero eso de ser el primogénito de Satanás, lo hace insoportable hasta decir basta —respondo tomando la pluma y comenzando a firmar los documentos.

—Vaya, señorita Bennett, veo que cada vez subo más de categoría —sisea mi jefe a mi espalda.

—Y seguirá subiendo si no cambia ese genio —respondo sin pensar, pero al instante lanzo un pequeño chillido y levanto mi rostro para darme cuenta de cómo mi jefe me observa con la ceja arqueada—. Y-yo… yo me disculpo por mi sinceridad.

—¿Su sinceridad? —inquiere molesto—, yo diría su falta de respeto.

—Tiene razón, no me volverá a escuchar, quejarme de usted —me disculpo con una sonrisa forzada.

—Me surgió un imprevisto, así que necesito que cancele todos los pendientes que tenía agendados para hoy.

—Tenía una cita muy importante con…

—¿Qué parte de que despeje mi agenda no entendió? Lo necesito para ya —brama como perro rabioso antes de darse la vuelta y encaminarse al ascensor.

—Para lo que guste, jefe, incluso asfixiarlo delicadamente con una almohada mientras duerme —le susurro tan bajo que es incapaz de escucharme.

—Parece que ese hombre tiene sensores en los oídos y cada vez que estás por hablar mal de él sale para escucharte —masculla Gianluca observando el trasero de mi jefe antes de que desaparezca de nuestra vista—. Aunque, yo lo asfixiaría a besos.

—¡Guácala, Gianluca! Besar a ese hombre te podría provocar indigestión.

—Di lo que quieras, pero estoy seguro de que si ese hombre tuviese un mejor carácter, también estarías babeando por él.

—Tú lo dijiste si tuviera mejor carácter, pero no lo tiene.

—Pero no me vas a negar que está como quiere.

—Sí, no lo niego, es muy guapo, pero ese defecto de ser tan gruñón le resta miles de puntos. Además…

—¿Además, qué? —cuestiona Gianluca, activando ese modo chismoso digno de una revista de espectáculos.

—Creo que mi jefe es gay.

—¡¿Qué?! —grita Gianluca, lastimando mis tímpanos—. ¿Por qué dices eso?

—¡Míralo! Parece que odia a las mujeres, ¿cuántas asistentes no salieron huyendo de él por ese genio de los mil demonios que se carga? En cambio, contigo y con el señor Marcello es bastante amable, he llegado a pensar que tiene una relación tórrida con él —le aseguro dándole un enorme sorbo a mi café.

—¿C-con el pastelito de Marcello?

—Me sorprende, señorita Bennett, no pensé que usted supiera más de mi vida privada que yo —en cuanto escucho a mi jefe detrás de Gianluca escupo todo mi café, llenado mi escritorio de gotas de líquido oscuro y ensuciando algunos papeles, así como mi computador.

—Ahora sí, estoy despedida —farfullo aterrada, cuando observo que me fulmina con la mirada.

—Date prisa, Alexandros, toma los documentos que se te olvidaron y vámonos. Se nos hace tarde —lo apremia el señor Marcello.

Después de unos breves segundos en los cuales mi jefe parece debatirse entre correrme de la agencia o hacer lo que el otro hombre le pide, abre su boca para dictar mi sentencia final; sin embargo, la cierra cuando el señor Marcello insiste que deben irse cuanto antes.

Mi jefe me lanza un bufido y pasa de largo hacia su oficina, dejándome con el hermoso hombre que ahora debe de estar odiándome por decir semejante cosa de él en presencia de alguien tan chismoso, como Gianluca.

—Vamos a limpiar esta delicada barbilla, señorita Bennett —se acerca a mí y con un pañuelo limpia las gotas de café que escurren por mi cara.

Me quedo de piedra ante su cercanía y cuando termina de limpiar mi rostro, me guiña el ojo y con su dedo me pide guardar silencio. Sacudo mi cabeza cuando una loca idea empieza a germinar en mi mente, pero cuando veo cómo el señor Marcello toma el brazo de mi jefe con bastante familiaridad para alguien que solo es su amigo, tengo la certeza de que esos dos son pareja.

—¿Te sucede algo? —pregunta Gianluca acercando su rostro al mío—. Te pusiste muy pálida.

—N-no, fue por lo que sucedió hace un instante. Es mejor que olvides lo que te dije, no quiero que mi jefe me despida.

—No te preocupes, esta hermosa boquita, no dirá nada —me asegura antes de tomar los documentos y contonearse como toda una diva hasta el otro extremo del piso donde se encuentra su escritorio.

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