Apuesta

Al día siguiente, cuando llegó a mi escritorio, me dejo caer en mi silla bastante agotada, de tan solo imaginar los gritos que tendré que escuchar a lo largo del día, suelto un suspiro y enciendo mi computador antes de que aparezca mi adorado jefe y comience con venenosos comentarios sobre lo que ocurrió ayer.

—¿Tan temprano y ya está cansada? —escucho su horrible voz.

Cierro los ojos y después de contar hasta tres levanto la mirada y sonrío de tal forma que los músculos de mi cara se tensan tanto que es casi seguro que terminaré con un desgarre facial, y aunque en mi mundo imaginario me gustaría responder con algo como «¿Tan temprano y de tan mal humor?», me obligo a ser tan cortés como puedo serlo con este despreciable ser.

—¡Buenos días, señor Cavalluci! En un momento le llevo su café y los pendientes del día.

Pasa de largo y sin saludar, por lo que en cuanto se cierra la puerta de su oficina, lanzo un grito ahogado. Me pongo en pie y, como cada día de esta larga semana, preparo su café con solo una cucharada de azúcar, y me encamino a su oficina lamentándome profundamente por haber renunciado a mi antiguo empleo en Meyer´s Femme.  El señor Dimitri nunca fue así de odioso y grosero; por el contrario, él y la señorita Alina siempre fueron muy amables aun cuando parecían ser demasiado fríos.

Después de decirle todos los pendientes y anotar las cosas que debo de hacer, salgo de su tétrica oficina y me acomodo en mi silla, lista para continuar con mi trabajo. El tiempo pasa tan lento que cuando miro el reloj en lugar de tener como tres horas trabajando, solo ha pasado una hora de este tormento.

Bajo la mira y cuando estoy por comunicarme con la señora Camille para ultimar algunos detalles de la nueva campaña que lanzaremos, alguien se aclara la garganta y una seductora voz masculina me eriza los vellos de todo el cuerpo.

—¡Hmm! Así que tú eres la nueva asistente.

Observo al dueño de esa voz y me quedo sin habla cuando detallo cada parte de su rostro. Se trata de un hombre demasiado guapo para ser real, es tan alto como mi jefe, de buen cuerpo, cabello castaño claro a juego con una barba que lo hace ver demasiado atractivo y me observa con sus hermosos ojos verdes que, sin poder evitarlo, deslizo mi lengua sobre mis labios.

—S-sí, soy la nueva asistente del señor Cavalluci —balbuceo con la voz entrecortada.

—¿Podrías decirle que Marcello De Santis ha llegado, por favor? —me pide con amabilidad.

—E-en un momento lo anuncio —me pongo de pie y, después de llamar a la puerta del ogro, este me permite pasar.

—¿Qué sucede? —inquiere con frialdad.

—El señor Marcello De Santis desea verlo.

—Déjelo pasar, ¿y por qué no me aviso por teléfono? Pensé que era más inteligente —sisea con su lengua viperina.

Aprieto las manos en puños igual que mis labios para no mandarlo al demonio y comienzo a murmurar en voz baja, de modo que solo yo pueda escuchar, mientras me dirijo con el hombre que espera por mí.

—¡Maldito bipolar! Usted es quien no sabe usar un teléfono como las personas normales, tal parece que es un cavernícola y solo sabe comunicarse mediante gritos.

En cuanto llego junto al Dios que espera cerca de mi escritorio, guardo silencio y le regalo una auténtica sonrisa.

—Puede pasar, el og… mi jefe lo está esperando.

—Muchas gracias, ¿señorita…?

—Reyyan Bennett.

—Es un hermoso nombre, por cierto, mucha suerte en su nuevo puesto —musita antes de cerrar la puerta y guiñarme el ojo.

—Usted es más hermoso —respondo a la nada y dejándome caer en mi asiento, embelesada ante la imagen que ese hombre acaba de regalarme. Es un orgasmo visual en toda la extensión de la palabra.

—Es muy guapo, ¿cierto? —escucho que pregunta alguien, sin embargo, por seguir suspirando por el hombre de hermosos ojos seductores, respondo con toda sinceridad.

—Más que guapo, es como una fantasía hecha realidad. Sí, mi jefe es endemoniadamente sexi, este hombre es deliciosamente guapo y esa amabilidad es un plus, Dios quiero un hombre así para pasar todas las noches entre esos enormes brazos. Que alguien me pellizque para saber que no estoy soñando —al instante alguien pellizca mi brazo y suelto un chillido.

»¡¡AAH! Era en sentido figurado —me quejo, al tiempo que sobo mi brazo.

—Yo lo tomé muy literal, pero regresando al tema, Marcello es como un delicioso pastelito que uno podría disfrutar sin cansarse de él —agrega la otra persona—. Es una pena que no le gusten las mujeres como tú.

—¿Y por qué no he de gustarle? —inquiero con molestia—. Soy una mujer muy hermosa, un poco delgada, pero muy hermosa.

—Lo eres, no lo niego, pero ese hombre es producto para caballero, querida.

Giro mi rostro y vuelvo a gritar cuando veo a otro hombre frente a mí, igual de guapo que los que se encuentran en esa oficina y al cual no conozco.

—¡¿Quién eres tú?! —lo cuestiono, colocando una mano sobre mi pecho en un intento por tranquilizar a mi corazón.

—Ay, querida, nos estábamos comiendo tan bien a ese delicioso pastelito y, por fin, es que preguntas mi nombre. Yo soy Gianluca Caruso, asistente del señor Cavalluci.

—¿C-cómo que su asistente? —farfullo sin comprender—. ¿Será que ese maldito desgraciado me corrió y no se dignó en avisarme? —pegunto en voz baja.

—No me refería a Cavalluci joven y amargado, me refiero a Cavalluci mayor y agradable —me informa después de soltar una carcajada. Dado que lo miro sin comprender, suelta un pequeño suspiro y se explica—. Trabajo para el señor Lorenzo Cavalluci, tío del caramelito de tu jefe.

—No sabía que había otro Cavalluci en versión amable. Es una lástima que me haya tocado con el hijo no deseado de Satanás, y para tu información ese es un caramelito de ácido muriático.

—¡¡Señorita Bennett!! —un grito estridente surca la oficina y sin poder evitarlo cierro los ojos ante la tremenda idiotez que acabo de cometer.

—¡Maldita sea! Ahora sí, estoy despedida.

—Está desp…

—¡Señorita Bennett! Me parece que nadie le ha dado un tour por la empresa, creo que hoy es un buen día para hacerlo —interviene el hermoso hombre de ojos verdes y sin darle oportunidad a que mi jefe termine de echarme de patitas a la calle, me toma del brazo y salimos huyendo de su mirada furibunda.

—Regresa, Marcello, no la ayudes —escuchamos el grito de mi jefe antes de que el ascensor cierre sus puertas.

Sin poder creer en mi buena suerte, me recargo en una de las paredes metálicas y cierro los ojos.

—Muchas gracias por ayudarme, señor De Santis. Nunca fue mi intención que mi jefe me escuchara hablar sobre él.

—Pero entonces, si era su intención decir eso de él, ya veo —murmura con el ceño fruncido—. Me parece que podré ganar la apuesta —suelta una carcajada y sin comprender su reacción observo al otro hombre.

—¿Usted por quién apostó? —pregunta el tal Gianluca.

—Por ella —me señala con su dedo y sonríe—. ¿Y tú?

—Por Cavalluci joven y amargado, ahora bautizado como el hijo no deseado de Satanás, es obvio que ganará él.

—Yo no estaría tan seguro. Mírala es como una amazona salvaje. Lo siento, no me lo tomes a mal —se disculpa el hermoso hombre—, lo digo en el buen sentido, a Alexandros le hacía falta alguien que lo meta en cintura y eres la indicada.

—Yo opino lo contrario, se ve un tanto delicada. No creo que aguante mucho —lo contradice al tiempo que me mira de arriba hacia abajo como si me estuviese evaluando.

—¿Qué no aguante mucho? Lleva casi dos semanas soportando a Alexandros, lleva más tiempo que las otras diez asistentes en el último mes.

—¿Diez asistentes en el último mes? —chillo sin poder contenerme.

—Tranquila, te aseguro que serás la última —comenta el hermoso hombre, posando su mano en mi hombro como si fuésemos amigos del alma.

—Pues el resto del edificio opina lo contrario. Todos piensan que en cualquier momento se echará a llorar.

—Quieren dejar de hablar como si no estuviese aquí —me quejo con un gruñido.

—¿Lo ves? Tiene carácter, definitivamente es la indicada. Desde que te vi hace algunos días, supe que serías la horma de su zapato.

—¿De qué habla? Hace un rato nos acabamos de conocer —lo contradigo.

—¡Oh no, querida! Yo fui quien autorizó tu currículo a los de Recursos Humanos, bueno, el tuyo y el del resto de las otras personas que se presentaron ese día —confiesa satisfecho de sí mismo.

—¿Usted es el encargado de esa área? Yo no lo vi ese día entrevistando a ninguna de las chicas —le aseguro.

—¿Por qué estás tan segura?

—Nunca podría olvidar un rostro tan hermoso como el suyo —suelto de golpe, luego cierro los ojos, avergonzada por lo que dije, sin embargo, ambos hombres sueltan una carcajada, por lo que abro un ojo para mirarlos.

—Muchas gracias, querida. Me encanta tu sinceridad —responde, batiendo sus largas pestañas y hechizándome de tal forma que sonrío como boba, olvidándome de la vergüenza que acabo de pasar.

—¿Entonces usted también aceptó a la chica, esa que parecía que usaba un taparrabos en lugar de una falda?

—¡Oh, por Dios! No pensé que recordarías eso —suelta una carcajada y cuando puede hablar de nuevo sonríe como si hubiese hecho una maldad—. Sabía que, en cuanto Alexandros la viera, pondría el grito en el cielo; esa chica estaba lista como para una pasarela. Entre todas eras la mejor preparada, pero como ya no quería a ninguna asistente joven y hermosa, tuve que hacer unos cuantos arreglos.

—¿Arreglos?

—Obvio, te puse a competir entre varias asistentes que tenían nulos conocimientos de algo más que pintarse las uñas o incluso enredarse con su jefe —confiesa en un murmullo—. Además, después de lo que le sucedió a Lucrecia ¿o Martina? —inquiere con un dedo sobre sus apetecibles labios—, ¡ay como sea, esa mujer! Bueno, después de lo que le sucedió a esa pobre mujer, convencí a Alexandros de que tener una asistente mayor no era tan buena idea.

—¿Quién es Lucrecia o Martina? —inquiero preocupada.

—Era la asistente anterior de Alexandros. A la pobre mujer le dio un infarto en plena oficina —giro mi rostro hacia Gianluca, quien es el que comenta eso y lo miro horrorizada.

—¿Por qué le dio un infarto? —chillo como histérica.

—No es lo que piensas.

—¿Cómo sabe qué estoy pensando?

—Es fácil darse cuenta de que crees que esa mujer se infartó por trabajar con Alexandros. Así que no, olvídalo. A la pobre mujer le informaron que su esposo tuvo un infarto y ella terminó igual, por lo menos compartieron habitación en el hospital.

»El resto es historia, ahora eres el reemplazo de ella, así que, por favor, por lo que más quieras, intenta quedarte con el puesto para poder ganar esa apuesta. Quiero que mi amazona de mirada felina les cierre la boca a todos los del edificio que apostaron en contra tuya. ¿Te imaginas todo el dinero que podríamos ganar si aguantas dos meses? Obviamente, lo compartiría contigo —susurra con alegría y tomando mis manos entre las suyas como si estuviésemos confabulando contra alguien.

—¿Por qué dos meses?

—Porque si aguantas dos meses, es lógico que ya no te irás de la empresa —musita como si eso fuese lo más obvio.

—¿Y no cree que mi jefe me corra en cuanto regrese a mi lugar?

—No, te aseguro que se le olvidará o eso espero —murmura más para sí mismo que para nosotros—. Tú solo regresa y continúa trabajando como si nada hubiese sucedido.

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