El Hospital General se había transformado, en cuestión de semanas, en un campo de batalla de hormonas, residentes aterrorizados y un drama personal que parecía sacado de una telenovela de horario estelar. Estaba agotada. Mis seis meses de embarazo pesaban, mi espalda me recordaba a cada paso que ya no era una atleta, y tener a Ian merodeando como un león enjaulado por los pasillos —con esa mirada inquisidora que parece escanear mi alma buscando una falla— no ayudaba en absoluto. Pero lo que men