Ya era suficiente. Había aguantado una semana entera de silencios sepulcrales en la cafetería, de cirujanos de primer nivel que de repente tenían "mucha prisa" al verme cruzar el pasillo, y de mis tres mejores amigos actuando como si yo fuera un espectro con una enfermedad altamente contagiosa. El Dr. Ian Blackwood no es un hombre que mendigue atención, pero si hay algo que odio con toda mi alma, incluso más que una sutura mal ejecutada en un tejido delicado, es que me tomen el pelo y me traten