La música en el Skyline era un pulso vibrante, un bajo espeso que golpeaba directamente en mis sienes, pero de una forma que me resultaba extrañamente liberadora. El lugar estaba saturado de luces de neón azules y púrpuras que cortaban la penumbra, logrando que las batas blancas, las urgencias médicas y el olor a antiséptico del hospital parecieran un vago recuerdo de otra vida.
—¡Otra ronda de tequilas por aquí! —gritó Sofía sobre el ensordecedor estruendo de los parlantes, levantando su vaso