Mundo ficciónIniciar sesiónEl turno de noche me había dejado una densa sensación de vacío en el pecho, una mezcla de agotamiento físico extremo y el eco persistente de los gritos de Ian en el pasillo de enfermería. Me dolía cada músculo del cuerpo, pero me dolía muchísimo más el orgullo. Seguía sin comprender la raíz de su odio visceral; había sido él quien me había puesto un precio de cien dólares en una maldita mesa de vestidor, él quien había planeado minuciosamente un futuro de alta sociedad con Leticia mientras me besaba a escondidas, y sin embargo, me miraba como si yo fuera la villana despiadada de una historia que él mismo había escrito con su crueldad.
Al entrar en la cafetería principal del hospital, el aroma penetrante a café recién colado y pan tostado intentó darme una calurosa bienvenida que mi maltrecho estado de ánimo no estaba listo para aceptar. Mis ojos recorrieron el ruidoso lugar y, en la mesa central, justo bajo la luz más brillante del recinto, los vi.
Era el retrato perfecto de una vida que alguna vez deseé con el alma y que ahora me resultaba completamente ajena. Allí estaban sentados: Mark y Elena compartiendo un bagel entre risas cómplices, Santi riendo de algo que veía en la pantalla de su teléfono, e Ian. Ian estaba sentado justo frente a Leticia Ashford, quien lucía impecable y radiante incluso a las siete de la mañana, moviendo sus manos con una elegancia aristocrática mientras hablaba animadamente. Elena alzó la vista, me descubrió en la entrada y levantó un brazo con entusiasmo, haciéndome señas enérgicas para que me acercara.
—¡Zoe! ¡Ven aquí, hay un sitio libre para ti! —excluyó Elena, su voz resonando sobre el murmullo general.
Sentí el impulso primario de caminar hacia ellos, de reclamar mi lugar en ese círculo de "viejos amigos" que el tiempo había transformado, pero antes de que pudiera dar el primer paso sobre el suelo de granito, una mano firme y protectora se posó en mi antebrazo.
—Dra. Harrington, ni se le ocurra —susurró Thiago Sterling, apareciendo a mi lado mágicamente con una bandeja rebosante de carbohidratos—. Si se sienta en esa mesa, el Dr. Blackwood le amargará el desayuno exigiéndole que le explique el ciclo de Krebs al revés. Venga con nosotros, la "plebe" de los residentes tiene mejores chismes y menos veneno.
Thiago me arrastró sutilmente hacia una mesa larga ubicada en el extremo opuesto de la cafetería, donde el resto de los R1 se amontonaban entre risas estruendosas y quejas sobre las guardias. Me senté entre Thiago y una chica llamada Sofía, que tenía el cabello castaño revuelto por el cansancio y una energía desbordante que me recordaba muchísimo a la Elena de la facultad: vibrante, directa y deliciosamente imprudente.
—Dios mío, esa guardia nocturna fue un maldito asesinato —se quejó Sofía, hundiéndose en su silla—. El Dr. Blackwood es un psicópata con licencia médica. ¿Vieron cómo trató de humillar a Zoe en la ronda de trauma? Si yo fuera tú, Harrington, le habría lanzado el estetoscopio directo a la cabeza.
—Es solo su peculiar forma de... motivarnos —mentí descaradamente, sintiendo la mirada punzante de Ian clavada en mi nuca desde la otra mesa. Podía percibir su desprecio cruzando el aire de la cafetería como una corriente helada.
—No, no me jodas, eso no es motivación, eso es un trauma infantil no resuelto con complejo de Dios —replicó Thiago, atacando su desayuno con saña—. Pero olvidémonos del ogro por un momento. ¡Hoy es sábado! Y por un absoluto milagro del destino de los R1, todos nosotros tenemos la noche libre.
—Exacto —añadió Sofía, inclinándose hacia mí con una chispa de divertida malicia en sus ojos castaños—. Ya lo tenemos todo fríamente planeado. Vamos a ir a un bar nuevo que abrieron en el centro de la ciudad. Música alta, bebidas caras y, lo más importante para tu salud mental, Zoe: habrá chicos guapísimos. He oído que al sitio asisten varios ingenieros civiles de una constructora cercana.
Solté una carcajada genuina, la primera que salía de mi pecho en mucho tiempo.
—Gracias por la tentadora oferta, chicos, de verdad. Pero tengo responsabilidades muy serias en casa que no pueden esperar —dije, intentando sonar casual mientras pensaba en mi pequeño Leo de cuatro años.
—¡Vamos, Harrington! —insistió Sofía, haciendo un puchero exagerado—. Siempre tienes "responsabilidades misteriosas". Eres la mayor de nuestro grupo, se supone que debes darnos el ejemplo de cómo equilibrar la vida personal y el infierno del hospital. No puedes ser solo una enciclopedia con patas. ¡Necesitas un trago fuerte y un baile urgente!
—Sofía tiene toda la razón —añadió Thiago con complicidad—. Has estado actuando como si tuvieras noventa años desde que regresaste. Solo será un par de horas, jefa.
Miré de reojo, por encima del hombro, hacia la mesa de Ian. Leticia se estaba riendo con ganas de algo que él acababa de decir, tocando su brazo con una confianza íntima que me dio un vuelco doloroso en el estómago. Ian levantó la vista en ese preciso milisegundo y nuestras miradas chocaron en el aire. Sus ojos azules no tenían ni un solo rastro de la risa que compartía con la rubia; eran oscuros, analíticos, juzgando con severidad mi risa en la mesa de los residentes jóvenes.
En ese instante, algo dentro de mi mente hizo un clic definitivo. Durante cinco largos años me había escondido del mundo, limitándome exclusivamente a ser madre y a estudiar entre las sombras. Me había castigado a mí misma por un pasado que él había arruinado con su apuesta. Pero yo ya no era la ingenua chica de los cien dólares.
—Está bien —dije, elevando la voz y mirando fijamente a Ian a la distancia mientras hablaba, asegurándome de que mis compañeros me escucharan, pero con la firme intención de que él sintiera el impacto del mensaje—. Saldré con ustedes esta noche. Cuenten conmigo.
—¡Sí! —celebró Sofía, chocando los cinco con un Thiago entusiasmado.
—Solo un par de horas —advertí, aunque por dentro sentía una extraña y electrizante descarga de adrenalina—. Tengo que organizar quién se quede al cuidado de... mis cosas, pero iré.
—¡Eso es todo! —Thiago sonrió—. Prepárate, Harrington. Vamos a demostrarle a este hospital que los R1 también tenemos sangre en las venas.
Me levanté de la mesa sosteniendo mi bandeja vacía, sintiendo el cuerpo extrañamente más ligero. Al pasar obligatoriamente cerca de la mesa de los "veteranos" para encaminarme hacia la salida de la cafetería, la voz de Leticia, aguda y cargada de una falsa amabilidad aristocrática, me detuvo en seco.
—Zoe, querida, Elena nos estaba comentando que quizás te unirías a nosotros para la cena de compromiso el próximo mes. Sería un momento tan... nostálgico, ¿no crees?
Me detuve, giré sobre mis talones y le dediqué la sonrisa más brillante, gélida y profesional que fui capaz de fingir en toda mi vida.
—Me encantaría, Leticia, pero mi agenda de responsabilidades actuales está bastante llena últimamente. Además —trasladé mi mirada directamente a Ian, quien mantenía una expresión rígida de piedra—, me he dado cuenta de que el pasado es un lugar sumamente aburrido para quedarse a vivir. Yo prefiero el presente. Chicos, nos vemos en la ronda de la tarde.
Caminé firmemente hacia la salida sin mirar atrás ni una sola vez. Por primera vez en cinco años, no sentía que estaba huyendo cobardemente de Ian Blackwood. Sentía que, finalmente, estaba empezando a vivir mi propia historia, muy lejos de las apuestas crueles y de los hombres arrogantes que no supieron valorar lo que tenían enfrente. Ian podía odiarme todo lo que quisiera con sus ojos de hielo, pero ya no era el dueño de mis sábados ni de mis sonrisas.
¡Excelente cierre de capítulo, Ale! La tensión está perfecta y el lector ya se saborea el choque que va a ocurrir cuando Ian se entere de que Zoe va a salir a divertirse con el grupo.







