El alcohol era un velo cálido y espeso que me protegía del dolor del mundo, pero resultó completamente insuficiente para protegerme de él. De un segundo a otro, sentí una mano de hierro cerrarse con una fuerza incuestionable sobre mi muñeca izquierda, arrancándome de golpe del ritmo de la música y del abrazo protector del abogado.
—¡Oye! ¿Qué demonios te pasa? —protestó el hombre con el que bailaba, dando un paso al frente para encarar al intruso, pero sus palabras se congelaron en su garganta