Ahí estaba yo, tumbada en la camilla de obstetricia con la barriga cubierta de ese gel frío, pegajoso y un tanto molesto, mientras mis ojos estaban clavados en el monitor, tratando de descifrar las manchas grises y blancas que representaban a nuestra hija. Bueno, técnicamente aún no estaba confirmado que fuera "hija", pero mi instinto materno —o quizás solo la forma en que el "frijolito" se movía con elegancia estratégica— me decía que el bebé tenía toda la intención de complicarle la vida a Ia