Las veinte semanas de embarazo habían llegado a mi vida con una extraña mezcla de plenitud física y un cansancio profundo que se me instalaba en los huesos apenas daban las ocho de la tarde. Mi barriga era ya una presencia indiscutible, un bulto firme y redondo que albergaba a nuestra pequeña "dictadora", quien parecía haber decidido que la medianoche era el momento perfecto para practicar gimnasia rítmica directamente contra mis costillas.
Estaba intentando encontrar una posición medianamente