El motor del coche rugió al encenderse, un sonido grave que pareció cerrar el paréntesis que habíamos abierto minutos antes en el asiento trasero. La calefacción empezó a expulsar un aire cálido que, al chocar con el cristal empañado, hizo que las gotas de lluvia corrieran por el vidrio como si el coche estuviera llorando nuestras propias emociones.
Me puse en marcha, alejándome del teatro con una calma que me resultaba ajena. Mis manos, que minutos antes estaban aferradas a Zoe con una urgenci