Si alguien me hubiera dicho el día de ayer que vería al respetable doctor Ian Blackwood, el hombre que parece tener un rígido palo de escoba por columna vertebral y un manual estricto de protocolos institucionales en lugar de corazón, tarareando alegremente una canción de Queen mientras se servía el café matutino, habría pedido de inmediato un TAC craneal de urgencia para esa persona por delirios graves.
Pero ahí estaba él, rompiendo todos mis esquemas mentales.
Ian se paseaba de un lado a otro