Estábamos en la cama, inmersos en esa penumbra pacífica y reparadora que solo era interrumpida por el relajante sonido de la lluvia de la medianoche golpeando con fuerza contra los altos ventanales de la mansión. Zoe se encontraba cómodamente recostada contra las mullidas almohadas de seda, con la blusa de su pijama de raso ligeramente subida hacia el pecho, dejando al descubierto esa curva perfecta de trece semanas de gestación que ya se había convertido en el centro gravitacional de todo mi u