El martilleo dentro de mi cráneo era tan rítmico que por un momento pensé que alguien estaba haciendo obras en mi mesilla de noche. Abrí un ojo, solo para cerrarlo de inmediato cuando la luz de la mañana me atravesó el cerebro como un bisturí láser. El más mínimo destello de claridad exterior se sentía como un castigo divino directo en las sienes.
—Maldita ginebra de Santi… —mascullé, apretando los párpados con fuerza. No recordaba con precisión cuántos vasos habían sido, pero mi cuerpo estaba