Estaba a punto de apagar de forma definitiva la lámpara de la mesilla de noche cuando escuché un ruido sumamente extraño y descompuesto proviniendo del pasillo principal. No se trataba, ni mucho menos, del paso firme, rítmico y autoritario que solía caracterizar a Ian, sino de algo considerablemente más... errático. La gran puerta de nuestra habitación se abrió de golpe con un vaivén exagerado que casi la hace chocar contra la pared, y allí apareció él. Se había quitado por completo la corbata