El eco de mis propios pasos sobre el pulido pavimento del vestíbulo principal de la mansión Blackwood nunca antes se había sentido de una manera tan ensordecedora y lúgubre. Pasé la noche entera en vela, vagando sin rumbo fijo por los pasillos de mi propio hospital como si fuera un alma en pena, pero Noah Harrington se había encargado personalmente de que no pudiera ni siquiera asomarme a la puerta de la sala de observación pediátrica. Había apostado firmemente su imponente cuerpo en el marco d