Me quedé pesadamente apoyado contra la fría pared de mármol del pasillo, sintiendo el latido rítmico y doloroso de la sangre en la mandíbula, justo en el lugar exacto donde el puño cerrado de Noah me había golpeado con rabia. El hospital a mi alrededor seguía su curso natural, con el habitual ir y venir de camillas y el sonido de los monitores, pero para mí, el tiempo se había detenido por completo dentro de ese consultorio de pediatría. Marcos salió finalmente del cubículo, quitándose el estet