El ascensor se cerró con un sonido metálico, sellando el vacío que dejaba atrás. Al quedar sola en el habitáculo, mi cuerpo finalmente cedió. Me deslicé por la pared metálica hasta llegar al suelo, con la cabeza enterrada entre las rodillas. El hospital no era solo el lugar donde salvábamos vidas; era una máquina de triturar almas, y hoy, yo era la pieza que había terminado reducida a escombros.
No tenía fuerzas para buscar a mi familia. No tenía fuerzas para ir a casa y ver a Leo o a Isabella,