La mirada de Zoe era un abismo. No había gritos, no había lágrimas de furia; solo una frialdad gélida que me golpeó más fuerte que cualquier puñetazo que yo hubiera dado. El personal médico, los guardias, incluso el eco de los cristales rotos en el suelo; todo desapareció. Solo existíamos nosotros dos en ese pasillo que, de repente, se sentía como un kilómetro de distancia.
Mark se levantó con dificultad, limpiándose la sangre del rostro, y lanzó una última mirada de desdén antes de dejarse lle