El trayecto al hospital fue un ejercicio de contención. Mis manos apretaban el volante con tal fuerza que los nudillos me dolían, pero el dolor físico era un alivio comparado con el nudo que tenía en el estómago. Llegar al hospital se sintió como entrar en la boca del lobo. Sabía que los pasillos, las enfermeras, los internos y hasta los pacientes me estarían observando, buscando en mi rostro la confirmación de ese chisme tóxico que ya se había convertido en la comidilla de toda la planta.
Nada