Caminé por los pasillos del hospital sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies. Cada paso era una batalla entre la mujer que había aprendido a desconfiar de todo y la chica que, hace cinco años, había entregado su alma a un hombre que ella creía haber perdido por culpa de una moneda. La frialdad de los cristales del pasillo reflejaba a una doctora exitosa, pero por dentro me sentía como esa joven estudiante de medicina, con el corazón empapado de café y una verdad a medio construir.
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