El sol de la mañana se filtraba de manera implacable por las rendijas de las persianas americanas, lastimando mis ojos como si se tratara de pequeñas y afiladas cuchillas de luz dorada. Me desperté con el cuerpo extrañamente pesado, sintiendo aún el fantasma abrasador de las manos de Ian recorriendo mi piel y el eco doloroso de sus insultos mezclándose con el martilleo constante de mi resaca emocional. Me senté con lentitud en el borde de la cama, sujetándome la cabeza con ambas manos. Cada cen