El motor del auto rugió con un eco cavernoso, rompiendo de golpe el silencio sepulcral que nos había envuelto tras el acto en el asiento trasero. El sonido me devolvió a la cruda realidad con la fuerza destructiva de un bofetón. Mis dedos temblaban descontroladamente mientras terminaba de abrochar los botones de mi ropa arrugada, sintiendo el rastro viscoso y tibio de nuestra locura como una mancha imborrable en mi propia piel. No podía quedarme ahí encerrada ni un segundo más. No podía permiti