Cordelia
—Cor…
Todo a mi alrededor cambió cuando la escuché. Ahora estaba en el hospital...
La voz era apenas un susurro, pero la oí con claridad. Levanté la cabeza para mirarla.
—Estoy aquí —le respondí, enderezándome en la silla—. No te preocupes, no voy a irme.
Fernanda sonrió débilmente, su piel pálida contrastando con sus ojos que aún conservaban ese brillo pícaro que siempre la caracterizaba.
—Lo sé, tonta. Eres como una maldita lapa... no me sueltas ni en mis peores momentos.
No pude e