Cordelia
El aire estaba frío, pero todo mi cuerpo ardía.
Veía cómo los lobos atacaban a Zeiren, uno tras otro, y cada mordida, cada rasguño, era como si lo sintiera yo misma.
Mi pecho se contraía con un dolor insoportable. Mi corazón latía tan fuerte que pensaba que iba a romperse. Zeiren estaba ahí, luchando por protegerme, y yo no podía hacer nada.
—¡Zeiren! —grité, mi voz apenas audible sobre el rugido de los lobos.
Intenté moverme, correr hacia él, hacer algo, lo que fuera... Pero mis pie