Diego
El café estaba frío. Lo había olvidado en la mesa hacía rato, revisando los correos y mis apuntes sobre el Gremio.
—¡¿Diego?! —La voz de Juan resonó por todo el apartamento, cargada de una histeria que ya reconocía demasiado bien.
Suspiré y dejé la taza en la mesa. Crucé los brazos viéndolo entrar como un desquiciado.
—¿Qué pasó ahora? —le pregunté con calma. Sabía que le irritaba eso.
Se acercó a la mesa apoyando ambas manos en el respaldo de una silla.
—¡Cordelia! —escupió su nombre co