La mañana siguiente amaneció gris en la mansión de Thomas. Las nubes cubrían el cielo como un presagio, y el viento golpeaba los ventanales con una insistencia que parecía anunciar tormenta. La madre de Thomas estaba en la cocina, preparando el té de la mañana como hacía todos los días. El agua hervía en la pava, el aroma del té llenaba el ambiente, y ella tarareaba una canción antigua, de esas que le recordaban su juventud.
Fue entonces cuando escuchó la voz de Anika.
Venía del pasillo, baja,