La mañana siguiente amaneció gris en la mansión de Thomas. Las nubes seguían cubriendo el cielo como un presagio que no terminaba de cumplirse, y el viento golpeaba los ventanales con la misma insistencia del día anterior. La señora había pasado la noche en vela, dando vueltas en la cama, mirando el techo, escuchando los latidos de su corazón que no dejaban de recordarle la verdad que ahora pesaba sobre sus hombros.
Bajó las escaleras antes de que el sol asomara. En la cocina, preparó el café c