El teléfono sonaba en la mesita de noche. Lenna lo miró sin mover un dedo. El nombre en la pantalla era el mismo de siempre: Thomas. Llevaba tres días llamando. Tres días escribiendo mensajes que ella no abría, no leía, no quería ver. Dejó que sonara hasta que el buzón se activó. La voz de él, grabada hace meses, le pidió que dejara un mensaje. Nadie dejó nada. Ya no había nada que decir.
Lenna cerró la maleta con un movimiento firme. La ropa estaba perfectamente doblada, los zapatos ordenados,