La mañana había llegado con un sol tímido que se escondía detrás de las nubes. En la mansión de Thomas, el desayuno transcurría en silencio. Los cubiertos apenas rozaban los platos, y el único sonido era el del reloj de pared marcando los segundos que parecían eternos. Thomas tenía la mirada fija en la taza de café, sin beber, sin pestañear. La noche anterior no había dormido. La rabia le seguía quemando el pecho, pero la había contenido. Tenía que esperar. Tenía que tener pruebas.
Anika lo obs