La noche había terminado como Lenna lo había planeado.
Las luces del Gran Hotel se apagaban una a una detrás de ella mientras el auto de Max se deslizaba por la avenida vacía. El vestido blanco ocupaba todo el asiento trasero, y el collar azul seguía en su cuello, brillando bajo las luces de la ciudad que pasaban como estrellas fugaces. Iba con la cabeza apoyada en el vidrio, los ojos cerrados, una sonrisa pequeña en los labios.
—¿Estás cansada? —preguntó Max desde el asiento del conductor.
—No