CAPÍTULO 5: Hasta que el destino lo permita

La puerta del ático se abrió.

Lenna entró con paso firme, sin titubear. Había ensayado este momento toda la noche, mientras daba vueltas en la cama sin poder dormir. Entrar, tomar los papeles, verificar la firma, y salir. Nada más.

Thomas estaba en la sala, recostado en el sofá como si la estuviera esperando. Cuando la vio, una sonrisa burlona apareció en su rostro.

—¿Ves? —dijo, con ese tono arrogante que tanto había usado el último mes—. Volviste. Sabía que no podías pasar ni una sola noche sin mí.

Lenna lo miró. Un segundo. Dos.

Y entonces soltó una risa.

Corta. Seca. Sin humor.

—¿De verdad crees eso? —dijo, negando con la cabeza—. No, Thomas. He venido solo por esto.

Caminó hacia la mesa donde estaban los papeles del divorcio, justo donde los había dejado ella misma la noche anterior. Los tomó con manos firmes y revisó la última hoja.

Allí estaba.

Su firma.

—Oh, qué bien —dijo, con una sonrisa fría—. Fue más fácil de lo que pensaba.

Y sin añadir una palabra más, giró para irse.

—Lenna... —la voz de él cambió, perdió la arrogancia.

Ella no se detuvo.

Pero entonces el teléfono de él sonó. Insistente. Urgente.

—¿Aló? —respondió Thomas, y su rostro cambió al instante—. ¿Mamá? ¿Qué pasa? ¿Cómo que un infarto? ¡Voy para allá!

Colgó. Su mirada encontró la de ella, y en un segundo, la arrogancia había desaparecido por completo. Solo quedaba miedo.

Cruzó la sala en dos zancadas y tomó a Lenna de la mano.

—Vamos —dijo, tirando de ella hacia la puerta.

—¡Suéltame! —ella intentó zafarse—. ¿Qué haces?

—Mi papá —la voz de él se quebró—. Está grave en el hospital. Acompáñame. Por favor.

Lenna quiso decir que no. Quiso gritarle que ya no era su problema, que habían firmado el divorcio, que todo había terminado.

Pero vio sus ojos. Vio el miedo real. Y sin saber por qué, asintió.

Salieron corriendo.

---

El hospital olía a desinfectante y a angustia.

Cuando llegaron a la sala de espera, la madre de Thomas estaba destrozada, sentada en una silla, con las manos entrelazadas y los ojos llenos de lágrimas.

—¡Mamá! —Thomas corrió hacia ella—. ¿Qué pasó?

La señora levantó la vista. Cuando vio a Lenna, la abrazó con una fuerza inesperada.

—Ay, mi niña —sollozó—. Tu papá... le falló una arteria del corazón. Tiene una obstrucción grave.

—¿Qué dicen los doctores? —preguntó Lenna, acariciándole la espalda.

—Que necesita cirugía —respondió la señora, secándose las lágrimas—. A corazón abierto. Pero no pueden operarlo ahora mismo. Tiene que fortalecerse primero, prepararse. Será en un mes y medio.

Thomas se dejó caer en una silla, pálido.

En ese momento, el médico salió. Los miró a los tres y asintió con seriedad.

—Está estable por ahora —dijo—. Pero es importante que evite cualquier tipo de estrés, malas noticias, emociones fuertes. Su corazón está muy débil. Cualquier susto podría ser fatal. Necesita un ambiente tranquilo, positivo, rodeado de su familia.

El médico se fue.

Silencio.

Lenna miró a Thomas. Thomas la miró a ella.

Un mes y medio.

Un poco menos del tiempo que faltaba para el trámite del divorcio.

La madre de Thomas tomó aire y dijo lo que nadie esperaba:

—Muchachos, estaba pensando... ¿y si mejor nos vamos a vivir con ustedes? Hasta que le hagan la cirugía. Así no estoy sola con él, y ustedes lo alegran. Sobre todo tú, Lenna. Él te quiere tanto, le hace bien verte.

Lenna sintió que el mundo se detenía.

—Mamá, yo... —empezó a decir.

Pero Thomas la tomó del brazo y la llevó aparte, lejos de su madre.

—Lenna —dijo en voz baja—. No entiendes. El médico dijo que no puede recibir malas noticias. Si le decimos del divorcio, se va a morir. Literalmente, se va a morir.

—¿Y qué se supone que haga yo? —ella lo miró con los ojos llenos de rabia y dolor—. Ya firmamos los papeles. Ya tomé mi decisión. No quiero vivir más allí contigo.

—Lo sé —dijo él, y su voz era una súplica—. Lo sé. Y no te pido que vuelvas conmigo. Te pido que finjas. Solo un mes y medio. Fingir que nos amamos, que estamos bien, para que mi papá se opere y se recupere. Después... después te vas. Haces tu vida. Te doy todo lo que quieras. Pero ahora, por favor...

Lenna lo miró.

Un mes y medio.

Dos años no fueron nada. Dos años de amor, de espera, de humillaciones. Y ahora él le pedía esto.

Pero pensó en su suegro. En el señor amable que le contaba historias, que le daba las gracias por hacer feliz a su hijo. El único que nunca la miró mal.

Lo quería.

—Está bien —susurró, y las palabras le quemaron—. Un mes y medio. Pero no es por ti. Es por él.

Thomas asintió, sin poder hablar.

Regresaron donde su madre, que los miraba con esperanza.

—¿Entonces? —preguntó ella.

—Sí, mamá —dijo Thomas, tomando a Lenna de la mano con fuerza, una mano que ella no quería pero que aceptó por compromiso—. Váyanse a vivir con nosotros.

La señora sonrió, aliviada.

—Qué bueno, qué bueno. Así no estaré sola. Y tu papá estará feliz de tenerlos cerca.

Lenna sonrió también.

Una sonrisa falsa. Una sonrisa de mentira.

Pero por dentro, su corazón latía con angustia. Porque sabía lo que venía. Sabía que los padres de él en la mansión significaban una cosa: iba a tener que fingir cada minuto, cada hora, cada día.

Iba a tener que hacerse la esposa feliz cuando por dentro solo quería huir.

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