Mundo ficciónIniciar sesiónLenna subió las escaleras sin detenerse, fue directo al nochero, sacó la carpeta del divorcio y bajó nuevamente.
Thomas seguía parado en la sala sin creer que Lenna lo había dejado hablando solo. Mientras tanto Anika se había ido al baño a limpiar su vestido.
La vio bajar con la carpeta en la mano y frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
Lenna no respondió. Caminó hacia él, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, lanzó los papeles sobre la mesa. Varias hojas volaron, algunas cayeron al suelo. No le importó.
—Firma —dijo—. Quiero el divorcio.
Thomas la miró como si hubiera enloquecido.
—¿Estás loca?
—Firma, te digo.
Él soltó una risa incrédula. Pero cuando levantó la vista y vio sus ojos, la risa se le congeló en la garganta.
Nunca había visto esa mirada en ella. Nunca.
Los ojos de Lenna ardían. No de tristeza, no de súplica. Ardían de rabia. De dignidad. De algo que él no supo reconocer porque en un mes de ignorarla, se había olvidado de quién era ella realmente.
—Esto es ridículo —dijo él, apartando los papeles con desdén—. Divorcio... ¿y qué vas a hacer sin mí? ¿Eh? ¿Qué vas a hacer? No sabes hacer nada. No tienes dinero, no tienes trabajo, no tienes a nadie. Sin mí no eres nada.
Cada palabra fue un puñal.
Pero Lenna no se movió. No lloró. No suplicó.
Solo lo miró. Un segundo. Dos. Tres.
Luego se agachó, recogió los papeles del suelo, los puso ordenadamente sobre la mesa, agarró el lapicero y firmó donde ya estaba su nombre. Deslizó los papeles hacia él.
—Ya están firmados —dijo con voz firme—. Los míos. Faltas tú.
Thomas la miró sin entender. ¿Esta era la misma mujer sumisa que siempre lo esperaba? ¿La que nunca le reclamaba nada? ¿La que había aguantado todo en silencio?
—No voy a firmar nada —dijo, cruzando los brazos—. Esto es una tontería. Mañana se te pasa.
Lenna negó con la cabeza. Una lágrima quiso escapar, pero la contuvo. No aquí. No delante de él.
—No se me va a pasar —susurró—. Ya no más, Thomas. Ya no más.
Y sin esperar su respuesta, sin mirar atrás, caminó hacia la puerta.
—¿Adónde vas? —gritó él.
Ella no respondió. Abrió la puerta y salió.
El golpe retumbó en todo el ático.
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Thomas se quedó paralizado, mirando la puerta cerrada. Los papeles del divorcio sobre la mesa, con la firma de ella fresca, reciente, real.
No podía creerlo.
—¿En serio se fue? —la voz de Anika apareció detrás de él—. Tomy, qué pena... siento que esto haya pasado por mi culpa.
Él la miró. Por un momento, algo pasó por su cara. ¿Duda? ¿Culpa?
—No es tu culpa —dijo, pero su voz sonó hueca.
Anika se acercó, le pasó un brazo por los hombros.
—Mira, esto es un capricho —dijo con suavidad—. Se le pasará. Las mujeres somos así. Ahora se va, dramática, pero más tarde vuelve arrepentida. Tú verás.
Thomas la miró.
—¿Tú crees?
—Claro —sonrió ella—. ¿Qué va a hacer sola? No tiene nada. No tiene a nadie. Va a volver. Siempre vuelven.
Thomas dudó. Miró los papeles otra vez.
—Firma —Le aconsejo con una sonrisa de triunfo —Te aseguro que al ver que el divorcio se puede dar ella se arrepiente rápido.
—Pero si firmo... ella se va a enojar más.
—Firma —insistió Anika, acariciándole el brazo—. Firma y cuando tengan que hacer el trámite oficial, vas a ver cómo ella ruega que no sigas adelante. Ahí la tienes comiendo de tu mano.
Thomas la miró. Necesitaba creerle. Necesitaba creer que Lenna volvería, que esto era solo un berrinche, que todo seguiría igual.
Agarró el lapicero.
Y firmó.
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Afuera, la noche había caído.
Lenna caminaba sin rumbo, con las lágrimas por fin libres, corriendo por sus mejillas mezclándose con las primeras gotas de lluvia que empezaban a caer.
Paró un taxi.
—A la dirección que le voy a dar —dijo, con voz temblorosa.
El taxi arrancó. Ella miró por la ventana, viendo pasar las luces de la ciudad, viendo pasar su vida de los últimos dos años. Todo lo que había construido. Todo lo que había amado. Todo lo que había perdido.
El taxi se detuvo frente a una reja enorme. Una mansión al final de un largo camino rodeado de árboles.
La casa de sus padres.
Dos años.
Dos años sin cruzar esa puerta.
Pagó al taxista, bajó. La lluvia caía con fuerza ahora, empapándole la ropa, el cabello, el alma. Caminó hacia la reja, pero se detuvo a mitad de camino.
No podía.
El miedo le paralizaba las piernas. ¿Y si no la querían recibir? ¿Y si estaban enojados todavía? ¿Y si habían seguido con sus vidas y ella ya no tenía lugar ahí?
Se quedó bajo la lluvia, temblando, llorando, mojándose hasta los huesos. Los minutos pasaban y ella no se movía. No podía.
Iba a darse la vuelta, a irse, a desaparecer en la noche...
Cuando un par de faros la iluminaron.
Un carro se acercó lentamente y se detuvo a su lado. La puerta se abrió y bajó un hombre de traje, con una sombrilla negra que abrió sobre su cabeza al instante.
—¿Lenna? —la voz era conocida. Muy conocida.
Ella levantó la vista.
Su hermano.
Su hermano mayor, con el traje aún puesto, los ojos abiertos de par en par, la incredulidad pintada en la cara.
—Dios mío —susurró él—. Eres tú.
Lenna quiso hablar, pero solo le salió un sollozo.
Su hermano no dijo más. La abrazó fuerte, apretándola contra su pecho, cubriéndola con la sombrilla, protegiéndola de la lluvia como hacía cuando eran niños.
—Todo está bien —dijo él—. Ya estás en casa. Todo está bien.
La tomó de la mano y la llevó hacia la mansión. La reja se abrió. Caminaron por el largo sendero, bajo la lluvia, bajo la sombrilla.
Cuando entraron, la luz cálida del recibidor los envolvió.
Su madre bajaba las escaleras en ese momento. Se detuvo en seco. La mano en la baranda. Los ojos llenándose de lágrimas.
—¿Lenna?
Detrás de ella, su padre apareció.
Y entonces pasó todo a la vez.
Su madre corrió a abrazarla. Su padre la rodeó con sus brazos fuertes.
—Mi niña —sollozaba su madre—. Mi niña, mi niña...
—¿Dónde estabas? —preguntó su padre con voz ronca—. ¿Por qué no llamaste? Te hemos buscado...
Su hermano le pasó una cobija por los hombros. La envolvió en calor. En familia. En amor.
—Cuéntanos —dijo su hermano, con los ojos brillantes—. ¿Qué pasó? ¿Por qué estás aquí?
Lenna los miró a todos.
—Me quiero divorciar —dijo, y su voz se quebró.
El silencio cayó.
Su hermano fue el primero en hablar. Su cara se endureció.
—¿Qué te hizo ese tipo? —preguntó, con una rabia que le quemaba la voz—. Después de todo lo que hiciste por él. Lo dejaste todo, Lenna. Todo. La familia, el dinero, tu vida... ¿Y así te paga?
—No importa —dijo Lenna, secándose las lágrimas—. Ya no importa. Solo quiero... quiero volver.
Su madre la abrazó más fuerte.
—Claro que puedes volver, mi amor —dijo, con la voz dulce de siempre—. Esta siempre ha sido tu casa. Nunca dejó de serlo.
Su padre asintió, grave.
—Aquí estarás bien. No vuelvas a irte nunca más.







