La sala quedó en silencio después del abrazo. La señora aún tenía las manos de Lenna entre las suyas, apretándolas como si pudiera evitar que se fuera solo con la fuerza de sus dedos. Lenna se arrodilló frente a ella, para quedar a su altura, para mirarla a los ojos.
—Mamá —dijo, con la voz baja—. Por favor, no le diga nada a papá. No todavía.
—¿Cómo no voy a decirle? —la señora tenía los ojos arrasados en lágrimas—. Él tiene derecho a saber. Tiene derecho a saber que su hijo es un... que tú te