La puerta de la mansión se abrió con un golpe que retumbó en toda la casa. Thomas entró primero, con Anika aferrada a su brazo como si fuera su única tabla de salvación. Ella tenía el rostro desencajado, los ojos enrojecidos, los labios apretados en una mueca de dolor que parecía real. Porque en el fondo, en algún lugar oscuro de su corazón, el miedo a que todo se derrumbara era real.
Lenna estaba en la sala. Había estado tomando té con sus suegros, riendo con el señor, escuchando las historias