El domingo amaneció gris. Las nubes cubrían el cielo como un presagio, y el viento golpeaba los ventanales con una insistencia que parecía anunciar tormenta. Thomas llevaba horas esperando. Desde la mañana, desde que se levantó, desde que bajó a la sala y la encontró vacía. Las horas pasaban lentas, pesadas, interminables.
Se sentó en el sofá. Se levantó. Fue a la cocina. Volvió. Miró el reloj mil veces. Las manecillas apenas se movían.
Su madre lo observaba desde el sillón, con el periódico en