CAPÍTULO 34: Regalos para todos

El domingo amaneció gris. Las nubes cubrían el cielo como un presagio, y el viento golpeaba los ventanales con una insistencia que parecía anunciar tormenta. Thomas llevaba horas esperando. Desde la mañana, desde que se levantó, desde que bajó a la sala y la encontró vacía. Las horas pasaban lentas, pesadas, interminables.

Se sentó en el sofá. Se levantó. Fue a la cocina. Volvió. Miró el reloj mil veces. Las manecillas apenas se movían.

Su madre lo observaba desde el sillón, con el periódico en
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