Las semanas pasaron como un río que no se detiene.
Anika, en lugar de mejorar, empeoraba. O al menos eso era lo que hacía creer. Los vómitos se hicieron más frecuentes, las quejas más agudas, las noches más largas. La enfermera que Thomas había contratado la atendía con eficiencia profesional, pero Anika la rechazaba una y otra vez. Solo quería a Thomas. Solo lo llamaba a él. Solo se desmoronaba cuando él no estaba.
—Tomy, me duele —susurraba desde la cama de la habitación de invitados, con los